julio 9, 2020

#SerBachiller o No Ser

Un tuit publicado por el precandidato presidencial Guillermo Lasso, reavivó la preocupación generalizada sobre el tránsito de la educación media a la superior. En esta publicación al político se lo observa sucumbir demagógicamente al suspicaz pedido cargado de picardía juvenil de un par de estudiantes que pretendían evitar la evaluación de conocimientos y aptitudes adquiridos durante su formación previa a la obtención del título de bachiller.

Si el debate del tema es asumido con seriedad se podría contribuir a resolver muchos problemas que enfrenta el Ecuador en distintos ámbitos, mientras que tomado como una simple y apresurada oferta electoral incuba un germen destructivo que mina lo avanzando en la siembra de una cultura que busca la excelencia en el ámbito educativo.

El punto de partida para tratar este tema es evidenciar que en Ecuador, a corte de 2018, la tasa de matrícula en educación superior es de apenas el  22%, una de las más bajas de América Latina, en tanto que, la tasa de desempleo juvenil (13,9%)  es tres veces más alta que la media nacional.

Es decir, tenemos un altísimo porcentaje de jóvenes que ni estudian ni trabajan, a estos se los conoce como los “ninis”; una de las causas estructurales de este fenómeno es la falta de cupos suficientes en las carreras de tercer nivel que posibiliten una adecuada inserción laboral una vez culminadas.

Al analizar comparativamente la oferta académica de tercer nivel en Ecuador  con la  de otros países cuyo sistema de educación superior tiene un mayor nivel de desarrollo relativo se evidencia que existe un déficit de carreras técnicas que respondan a las necesidades de talento humano especializado del sector productivo y de profesionales que presten diferentes servicios que requiere la población en general.

Para saldar este déficit, en el gobierno del presidente Rafael Correa Delgado, se diseñó un proyecto cuyo objetivo, mediante la inversión de alrededor de 400 millones de dólares, era crear institutos superiores técnicos y tecnológicos que se asentarían a lo largo de todo el territorio nacional para responder a las necesidades del sector productivo y de la población en general. Durante la campaña electoral, el candidato Lenín Moreno convirtió la idea en la oferta de construir durante su mandato estos institutos a los que denominaría universidades técnicas.

La realidad es que durante estos últimos años no se ha invertido prácticamente nada en la ampliación de la capacidad instalada del sistema de educación superior, por lo que un número cada vez más grande de jóvenes son marginados de la formación de tercer nivel y el problema se agravará si se considera que el país hace ya algunos años logró universalizar la educación general básica con la consecuencia de que cada año el número de jóvenes graduados como bachilleres será más grande.

En este contexto, surgen las demagógicas propuestas de eliminar las pruebas de admisión a la educación superior, como que si con eso automáticamente fuera a crecer la infraestructura física de las instituciones, aumentar el presupuesto para incorporar más docentes, o en general, a disponer de los recursos suficientes para atender a decenas de miles de estudiantes adicionales.

En síntesis, el problema no es el proceso de admisión, que indudablemente es perfectible, sino la falta de voluntad política para invertir consistentemente en ampliar la capacidad de las instituciones de educación superior, fundamentalmente de los institutos técnicos que deberán estar dotados de una oferta académica pertinente.

Es irresponsable jugar con las expectativas de nuestros jóvenes ofreciéndoles algo que de antemano no solucionará en absoluto la problemática que enfrentan, si esto es aberrante pues es  más temerario pretender quitarle a la educación media la posibilidad de evaluar  la calidad educativa para con un sólido diagnóstico implementar acciones efectivas de política pública que permitan la mejora continua.

En efecto, el Ser Bachiller es un examen de grado que evalúa los resultados de aprendizaje de cada estudiante con un instrumento cuyo grado de “dificultad” es similar para todos; solo de esta forma se puede establecer cuán heterogénea es la calidad en el sistema educativo, se puede determinar la situación de cada plantel, parroquia, provincia o zona; así es posible tomar acciones específicas para corregir lo que funcione mal y diseñar política pública mucho más efectiva.

En este punto, es necesario que la ciudadanía conozca que son muy pocos los estudiantes que reprueban el ser bachiller, menos del 5%, y que la nota obtenida es solo uno de los componentes de la calificación de grado, es decir, no existe problema alguno con el Ser Bachiller como examen de grado.

Eliminar el Ser Bachiller implicaría volver al diseño de pruebas diferentes que se harían según el gusto de cada profesor, como dicen los jóvenes en su jerga, habrían exámenes “regalados” y otros “cargosos”, habrían colegios en los que prácticamente te regalan el título y otros en los que un profesor mal humorado pudiera exagerar extremadamente en el grado de dificultad de la prueba, provocando que alumnos brillantes bajen injustamente su promedio de grado.

Finalmente, la filtración y difusión masiva de los exámenes Ser Bachiller solo muestra la destrucción de una institución, el Instituto Nacional de Evaluación de la Calidad Educativa -INEVAL- que hasta hace un par de años fue reconocido internacionalmente por sus capacidades técnicas; esto nos hace pensar que es necesaria una reforma legal para blindarlo de las negligencias y de los nombramientos a dedo que no consideran las capacidades técnicas que deben tener los funcionarios del Instituto.

Entonces que viva la evaluación de la calidad, el SerBachiller y la inversión en educación.

Augusto Espinosa @AXEA65