enero 27, 2021

Eros (amor) ha muerto y nosotros lo hemos matado

El otro día alguien me dijo, con total naturalidad, que el amor era cosa de detalles, de momentos bonitos, de felicidad desmedida en instantes acumulados, de fotografías y de nunca jamás olvidar fechas importantes.

¡Sonreí! pues entendí que en el “infierno de lo igual”, en este mundo donde todos somos idénticos creyéndonos únicos y especiales, el hombre moderno en realidad ansía lo mismo, un amor que excluya todo tipo de negatividad, pues todos queremos prolongar el goce, el placer, las sensaciones que dilaten hasta el infinito la felicidad. En este mundo de lo banal, dónde el ego es cosa común ¿Quién no quisiera, en su egocéntrica existencia, un amor ahogado en sensaciones placenteras?

Tal vez porque hoy más que nunca el “otro”, esa “alteridad” que presuponía toda relación humana, no existen más, el “otro” está anulado de la ecuación, solo existe un ego proyectado que hace de ese “otro” un proyecto, un espejo en el cual reflejarse, atiborrado de todo aquello que queremos y que demandamos de él o de ella. Exigimos que ese “otro” sea como queremos que sea y no como realmente es, porque siempre es más fácil aceptar a nuestro “ego” a que un “distinto” que nos puede llevar al padecimiento.

El Eros (amor) es una entelequia en estas sociedades del cansancio, pues el Eros requiere para existir todo lo ausente hoy en día, empezando porque es una fuerza diametralmente distinta al “ego”, ya que el Eros tiene la capacidad de abstraernos de nosotros mismos, de arrancarnos del infierno narcisista de “yo” superpoderoso. Pero este distanciamiento del “ego” solo es posible cuando se acepta que el “otro” requiere cierta negatividad, cierto riesgo, que implica alejarse de lo placentero y lanzarse al abismo con las alas rotas. Levinas remarcaba esta distancia, cuando decía que el “otro” no puede ser “poseído, aprehendido y conocido, pues si esto se pudiera hacer, no sería un “otro” sino un objeto, una cosa”.

Claro, en estos tiempos en los que el amor es objeto de consumo y de exhibición, y no solo el amor, sino también los cuerpos, los rostros, la sexualidad y hasta el deseo, es casi una tarea titánica apartar el amor de todo aquello que produce sensaciones placenteras y satisfactorias, es por ello que es más común de lo que parece la opinión del amor como “detalles, momentos felices, fechas importantes, estabilidad y disfrute”, sobre todo, porque hoy en día el Eros ha tomado el carácter de un proyecto e iniciativa, el amor se planifica, no existe espacio para las heridas, para la pasión desenfrenada, para la muerte y el sacrificio, el amor ha perdido su gran fuerza motora, esa negatividad que arraigaba al sujeto a esa condena eterna que lo hacía capaz de absolutamente todo.

Obviamente, el quedarse y persistir se encuentra enteramente excluido de este amor convencional, esto porque para persistir se requiere una gran fuerza de voluntad y la aceptación inequívoca de toda la negatividad presente en el “otro” y en el amor como tal. Quien acepta de buen agrado “caer en el amor” (fall in love) en todos los sentidos posibles de lo que implica, está aceptando arriesgar su ego, su “yo” por amor, y más que eso, está reconociendo que el “otro” existe como un distinto, y no como un reflejo de su propio “ego”.

En este sentido, la traición también ha quedado al margen, pues a pesar que en la actualidad existe un mercado amplio con una sobre oferta de cuerpos (solo es necesario entrar a Tinder o a Facebook Citas para darse cuenta que es un gran catálogo de cuerpos, rostros, sexualidad y demás cosas banales) la traición resulta imposible, pues solo se puede traicionar a quien se ama, y en un mundo en donde el amor es confundido con la egolatría, la traición no es una afronta contra el amor, sino contra la “dignidad” de la persona, es un ataque personal contra nuestra arrogancia de creernos “únicos y especiales. Así, para muchos de nosotros la traición tiene que ver más con la posesión del cuerpo del “otro” que con el sentir real. Es decir que la traición nos despoja, nos aleja de un cuerpo que creíamos nuestro cuando en realidad nunca lo fue. En esta dinámica el sentimiento queda excluido a segundo plano.  Le Carré ya lo había advertido: “El amor es todo aquello que aun puedes traicionar, la traición solo puede suceder si tú amas”.   

Este amor convencional que se jacta de haber superado y asesinado a Eros, también niega el futuro y el pasado, vive el momento, el ahora, donde el daño es imposible, donde la seguridad y la conservación de vida es una constante. El amor de la antigüedad distaba mucho del amor actual, la negatividad era una constante, para más señas remitámonos a la muerte de Tristán e Isolda, Romeo y Julieta o la de la Ofelia de Hamlet, todas estas muertes fueron inspiradas por Eros, e incluso antes de la era cristiana, la muerte de Cleopatra y Antonio, resultan fiel ejemplo de lo dicho.  

Esta capacidad de muerte se manifiesta como una voluntad más allá de lo moral-racional narcisista y capitalista que abandera el yo primero (amor propio). Y bueno, creo que hasta aquí entendemos que solo el amor real está más allá de lo racional y de lo convencional. En este sentido, hoy por hoy, el amor tiende a domesticarse, a transformarse en una forma de consumo, en un producto sin riesgos, ni atrevimiento, ni excesos, ni locura, ni traición.  

El amor real, en términos “hegelianos”, es ese amor de lo “absoluto”, que requiere aceptar y soportar la devastación, abrazar el dolor y todo el caos que se forma cuando uno renuncia a sí mismo para vivir en el “otro”. Bataille diría que: “Podemos decir del erotismo (amor) que es la aprobación de la vida hasta en la muerte”

Obviamente, hoy en día, en medio de una sociedad super-productiva y de etrepreneurs que se inyectan “coaching” a la vena. En una sociedad con cuerpos “auto-explotados” y alienados a sí mismos, prisioneros de su ego, al cuidado de su propia supervivencia en términos individuales y no comunitarios, no es novedad que se asegure la vida por todos los medios posibles, como consecuencia de lo dicho, la negatividad es un mito imposible, es un olvido constante.

Todo esto resulta paradigmático, al parecer la sociedad entera está plagada del último hombre de Nietzsche: «Nosotros hemos inventado la felicidad -dicen los últimos hombres, y parpadean”. O tal vez estemos más cerca de la sociedad del rendimiento de Byung Chul-Han, para quien el hombre moderno está zombificado: “El no muerto (de estas sociedades del rendimiento), se encuentra demasiado muerto para vivir y demasiado vivo para morir. En un mundo así, el amor no tiene sentido, el “Eros” ha muerto y nosotros lo hemos matado.

Hugo Ortiz Puebla
Hugo Ortiz Puebla

Politólogo