julio 28, 2021

El cuarto milenio de la ignorancia.

No parece que el ser humano esté preparado para arrostrar ciertas realidades. En particular, la realidad que nos habla de que no existe una realidad, sino una realidad dependiente del modelo. Este aforismo guarecido bajo la piel de todos los grandes científicos desde Copérnico, Galileo o Newton hasta Lynn Margulis, pasando por Einstein, Darwin, Elizabeth Blackburn o Ramón y Cajal, no es algo que se asimile fácilmente.

En un nivel coloquial está en el pensamiento de los detractores de la ciencia que consideran que la ciencia se explica a sí misma como una panacea, pero este sesgo absurdo reside también en el pensamiento de los defensores de la ciencia que la consideran una panacea: nadie que haya indagado en neurología, física, matemática, astronomía, lingüística, psicología… puede creer que una disciplina que parte del ser humano alcanzará una dimensión panaceática (válgame el rubeologismo), salvo si eres alquimista medieval. Actitudes tan extendidas desprenden un delicado tufo a absoluto. ¿En pleno siglo xxi aún debemos creer en absolutos fuera de la poiesis?

Pues no: el arte sí es un absoluto; solo el arte sustancia la vida de una forma absoluta, y quien no esté de acuerdo que se lea los apuntes a pie de página de James Joyce sobre el Ulyses o Retrato del artista adolescente, las reflexiones de Flaubert acerca del vestuario de Emma Roualt-Bovary. Solo el creador de mundos artísticos se erige en dios dador de vida y por ello ejerce naturalmente de absolutista; la ciencia es tan relativa —y por eso tan necesaria y digna de estudio— como los humanos perecederos que se desentienden de sus procesos.

La misma división artificial entre humanidades y ciencias naturales manifiesta esta incomprensión y ausencia de comunicación en los centros de estudio. La creencia de que la filosofía de la ciencia no parte de argumentos científicos y, por lo tanto, no se sitúa en un todo falsable sino en una mera construcción de opinión, expresa inconscientemente la relevancia de la filosofía; también a pesar de sus detractores.

Y es que la filosofía o la psicología ni tienen por qué ser científicas (en el sentido de las ciencias puras) ni seguir el método científico, sobre todo cuando el filósofo evalúa el proceso de formación de la ciencia y sus corrientes ideológicas; de ahí también su valía para enfocar situaciones desde perspectivas que le son ajenas al método científico. La psicología no tiene por qué hacer prognosis del comportamiento exacto de un paciente antes o después de una crisis ni de su recuperación: usará un cuerpo teórico y un acervo recolector de datos neurológicos de cientos de años (dos cientos) para elaborar diagnosis; pero si hoy sabemos que el noventa por ciento de las decisiones que tomamos nos las impone el sistema límbico que controla las emociones para que después el sistema racional (Daniel Kahneman en Pensar rápido, pensar despacio) se dedique a justificar decisiones absurdas, es gracias a una ciencia que ni es exacta ni tiene pretensión de serlo. Estudia nada menos que el funcionamiento del cerebro y su respuesta, la integración y la desintegración del sujeto en el cuerpo social, la anomia o el seguimiento estricto de la pauta aún sana (aún no degradada como norma).

¿Ciencia es verdad? No, aunque la busque. Y tampoco lo son la pseudociencia, la religión o el ascetismo, aunque la busquen. La diferencia está en que la ciencia sí posee el método para cuestionarse a sí misma, aceptar o rechazar teorías, mejorarse.

Aprender es una propiedad intrínseca al método científico y el homo sapiens haría bien en asimilarlo cuanto antes —quizá no quede mucho para la extinción—. Las cuestiones que dirimimos habitualmente como una pugna de voluntades en sociedad no tienen cabida en el cuestionamiento y método científicos, porque ¿quién tenía razón? ¿Camillo Golgi o Santiago Ramón y Cajal? Los sistemas neuronales que ambos teorizaron eran efectivos y pioneros hasta el punto de abrir caminos en el mismo siglo xxi, como reconocen neurólogos de la talla de Mariano Sicman o Robert Sapolski. Se odiaban a muerte y sus teorías eran antagónicas hasta casi la paradoja: mientras Golgi defendía que el sistema nervioso poseía una estructura reticular, es decir, no había en él células individuales como en otros tejidos, sino que las neuronas estaban totalmente conectadas a través de sus prolongaciones, Cajal defendía que las neuronas, si bien interconectadas, constituían unidades independientes que besaban (él decía «propinan ósculos») delicadamente a aquellas otras con las que se relacionaban.

Pero Ramón y Cajal entrevió que las herramientas de Golgi podían ser de utilidad para su propia teoría y las aprovechó, mientras Golgi parecía más preocupado escribiendo insultos ingeniosos contra Cajal (que también se despachó a gusto en Estocolmo): las sinergias científicas entre antagonistas comprenden buena parte de la historia científica. Los dos recibieron el premio Nobel de fisiología por teorías opuestas y esto es una pequeña muestra de la grandeza del relativismo científico. Alguien que considera la ciencia un absoluto entenderá esto al nivel de algo tan imposible como que Nadal y Djokovic ganen Roland Garros a la vez  —tampoco entenderá que la partícula elemental funciona a la vez como onda y como partícula—. 

Al ser humano le privan los absolutos, es feliz entre ellos, se siente arropado cuando tiene en qué creer. Sabemos con exactitud cuál será la fecha del final del mundo, aunque ignoramos qué haremos el día después del fallido fin del mundo. Eres patriota o no lo eres. Eres blanco o negro. Eres de los míos o eres de los de ellos: la oxitocina y las vasopresinas segregan las adecuadas dosis de bienestar que anulan el pensamiento negativo hacia tu grupo y estimulan la crítica acerba al grupo vecino. Y la ciencia niega con su propia esencia el absoluto, lo corrige, lo falsa y lo invalida. Quizá sea su mayor valor.

Hoy sabemos que es el modelo de Ramón y Cajal el correcto, como sabemos que el modelo tolemaico o el copernicano del universo solo podían ser correctos en su momento. Es decir, su grado de acercamiento o explicación de la realidad dependía del modelo empleado. Isaac Newton era interpelado de esta forma por un socarrón Halley:

—¿Serías capaz de calcular y dibujar la órbita de cualquier planeta ateniéndote al cuadrado inverso de sus distancias?

—Las órbitas son elípticas. Hice los cálculos hace meses pero no sé dónde los puse.

Se rieron mucho de la enésima fanfarronada de Newton, ya acostumbrados a sus explosiones egóticas que lindaban con la violencia física. Solo unos meses después publicaba los Principia matemathica, donde explicaba no solo los cálculos relativos al movimiento planetario, sino que dotaba a la humanidad de una nueva forma de ver el mundo con sus estudios sobre la refracción de la luz, óptica (junto con los cristales diseñados y corregidos por él mismo para lentes y telescopios), comportamiento de la materia ante la fuerza gravitatoria y las leyes del movimiento con sus cuadrados inversos de la distancia. Incluso diseñó una teoría para las fluxiones, teoría que incluía operaciones de cálculo diferencial tan complejas que se prefiere (incluso hoy) emplear los cálculos de Leibniz y Riemann para mediciones de campos alabeados.

Se dice que la dificultad de escoger al mejor científico de la historia estriba hoy en elegir al segundo, porque el primero está demasiado por encima de todos los demás. Sea como sea, nos obligó a pensar sin complejos en la realidad que hasta entonces dependía del —o estaba demasiado imbricada al— pensamiento mágico.

El pavo inductivo

Si alguien cuestionó los mismos fundamentos del sistema racional del que se sirve el modelo que intenta aprehender la realidad fue el señor Bertrand Russell, que nos narraba la historia de un pavo que llegó a una granja y desde su primera mañana descubrió que le daban de comer a las 9; un pavo holmesiano. Pero como era un pavo inductivista no se precipitó al sacar conclusiones.

Esperó humildemente hasta que recabó un número suficiente de observaciones. Probó en días con sol, en días lluviosos, cuando hacía frío y cuando hacía calor; así hasta que su conciencia inductiva se sintió satisfecha para afirmar que todos los días se comía a las 9. Pero llegó la víspera de Navidad, y, en vez de darle de comer, le cortaron el cuello.

Estamos ante una inferencia inductiva con premisas verdaderas que ha llevado a una conclusión falsa… nada más y nada menos. Es inquietante, sí, pero al mismo tiempo un acicate para seguir explorando el método científico, que demuestra a lo largo de la historia ser el único capaz de cuestionarse a sí mismo y salir reforzado.

Lo que ocurre en pleno siglo xxi, huelga explicar, es que el pensamiento mágico tiene un nuevo adalid en la malinterpretación intencionada de ese cuestionamiento: ¿veis como la ciencia no es una panacea? Lo que explotan los propagandistas radiotelevisivos (y ahora en la red) más escuchados y admirados es que, por ejemplo, en tiempos de pandemia, cualquier virólogo o inmunólogo prestigioso del CSIC con más de treinta años de experiencia no tiene una mente lo bastante abierta si no atiende a las razones surrealistas que le interesan al IBEX; y como el IBEX extiende sus tentáculos por todos los medios propagandísticos desde Cuatro y La Sexta hasta A3, Cadena Cope y un largo etcétera, millones de personas atienden fervorosamente a las sinrazones más surrealistas. Estos programas presentan una pauta en común que proyecta ciertos elementos de manipulación psicológica calcados del manual de negociación antiterrorista que Chris Voss explica en su excepcional libro Romper la barrera del no. A saber, hay que presentar las ideas de una forma aparentemente abierta, de tal manera que cualquier cuestionamiento incida en la autoculpabilización del sujeto, que sentirá que disentir atenta contra una convención generalmente aceptada, aunque sea absurda; convencer al oyente o telespectador de que las ideas proceden de su misma psique porque ellos solo están ahí para presentar una información objetiva es el corolario de que la ciencia no se abra a la estupidez. De lo que se sigue que el oyente convencido defenderá ante cualquier detractor cada una de las premisas mágicas como si fuera algo personal, y no hay más forma de defender algo que no puedes argumentar que mediante la violencia verbal (o física, llegado el caso).

Todos somos objeto de difusores de información falsa o envenenada que no son conscientes de lo que están difundiendo: intente después cuestionar el bulo, verá qué deterioro inmediato de la relación se produce, tanto si la persona es un perfecto desconocido de las redes como si es un familiar directo.

Uno de los cauces más sabrosos que oferta nuestro cerebro a cualquier manipulador es la culpabilidad. Nuestro cerebro negocia inmediatamente para evitar que se tambaleen la conciencia, el equilibrio emocional o lo que esté en juego ante cualquier agresión publicitaria. Es preferible ceder antes de que se cuestionen los fundamentos del sistema que nosotros creemos nuestro. Esta disonancia cognitiva crea un sentimiento de culpa artificial que es como un bloque tangible en el que horada sabiamente (al menos, maquiavélicamente) la comunicación persuasiva.

Hoy la persuasión ha ido una gradación más allá de lo que conocimos durante el siglo xx, y es que darle la iniciativa a la víctima con el riesgo de que entienda que está cayendo en la trampa motu proprio (después el elegido decidirá si se ha dado cuenta o no; si se da cuenta, es complicado que lo haga notar, ya que se activa la siguiente trampa de la disonancia: la vergüenza a admitirlo), es una de las más inquietantes y sutiles trampas mentales que existen para condicionar al consumidor o sujeto de derechos civiles, casi un truco de control mental jedi. 

Lo que hace el individuo a continuación es coger el micrófono, el teclado o el móvil y se autoculpabiliza, se señala, porque como entendemos en los escritos de Kakfa, crear el dios es sencillo, lo complicado es refutarlo y adherirse a otro innecesario sentido una vez se ha derribado.

A día de hoy es relativamente sencillo encontrar personas en tu entorno familiar que aseguren que la Tierra es plana o que el homo sapiens no viajó a la Luna. Hace no muchos meses, Íker Casillas, exguardameta de la selección nacional de fútbol, aseguraba en un tuit que él estaba en su derecho de creer que el ser humano no había pisado la Luna. Íker e Íker se complementan en su labor distractora, desinformativa, aparentemente inocente, objetiva, inocua. Nada más lejos de la realidad, porque conscientes o no son la grasa de un mecanismo de encriptación distractora tan antiguo como las mismas relaciones de poder. Estas son algunas de las «argumentaciones» que se presentan en forma de pregunta que, fingen, no tienen contestación; justo debajo, la refutación tan sencilla como científica. 

El ser humano nunca pisó la Luna. El aterrizaje fue un montaje de Kubrick. 

Los que montaron el documental reconocieron que era una coña intentando demostrar lo fácil que es engañar al público. Cuando Platón puso como ejemplo la Atlántida para hacer una metáfora en su discurso casi todos lo entendieron: hoy todavía se sigue buscando la Atlántida por las zonas que sugería Platón. Es como si un artista, llamémoslo Welles, se empeñara en contar por la radio una supuesta invasión alienígena y la gente reaccionara violentamente como si la colonización fuera real.

La bandera norteamericana nunca debió ondear porque no existe aire en el espacio. Eso prueba el engaño.

No existe aire en el espacio, pero lo que sí existe es gravedad en la Luna (menor que la de la Tierra) más las otras tres fuerzas elementales de la naturaleza. La bandera ondeaba porque, al clavarla en el suelo, el astil se cimbrea hasta que pierde la vibración de la fuerza que se ha utilizado al clavarla.

Las pisadas no se corresponden con las de las suelas de las botas del astronauta, expuestas en el Smithsonian.

Ciertamente. Porque el suelo de la superficie de la Luna es abrasivo y las botas iban recubiertas con fundas, que también están expuestas en el Smithsonian. Es curioso que en los programas de teoría conspiranoica se muestre la huella de la bota con su funda y la bota, pero no su funda que está expuesta en la misma vitrina.

¿Por qué no salen las estrellas en las fotografías del alunizaje?

El tiempo de exposición de las fotografías, y tampoco era un objetivo de la misión que Íker Casillas quedara satisfecho, no era suficiente para que salieran las estrellas. Si hacemos la prueba aquí a plena luz solar, todo lo que esté bañado por la luz del sol velaría la foto. Las misiones salían de día, no de noche; pero la luz de las estrellas llega tan suavemente que hubiera hecho falta una cámara con una potencia enorme que solo mostraría un blanco porque el contraste sería inexistente (puedes hacer la prueba con el programa Photoshop).

Las sombras parecen indicar que hay varios focos de luz. Aquí hay gato encerrado.

Nosotros vemos el mundo en tres dimensiones, en una pantalla lo harías en dos dimensiones, con lo que las líneas que trazas visualmente convergen en un mismo punto de fuga de izquierda a derecha. Como lo que a ti te han llegado son fotos y vídeos que ves en una pantalla, solo ves las sombras en una dirección, porque la única fuente de luz, y lo que dicta el efecto óptico y el punto de fuga, es la luz solar. Pero como la luz solar reflecta, se refleja en el módulo lunar, en los trajes de los astronautas, en cualquier superficie, parece que hay más de un foco de luz.

¿Quién grababa si Aldrin aparecía por un lado y Armstrong por otro? Prueba irrefutable de…

Había cámaras en el pecho de los astronautas y sobre todo en trípodes móviles que enviaban las ondas de radio para retransmitirlas en la Tierra por televisión.

En otras palabras, el asombroso poder de cuestionar la realidad y los logros científicos conforme a bulos e informaciones no falsadas que se han arrogado programas sensacionalistas se imbrica, más que sospechosamente, con los intereses de determinados grupos de ultraderecha que difunden noticias sobre la efectividad de las vacunas y la ética de sus patentes, la actuación de gobiernos que pretenden que el individuo no se contagie en plena pandemia (una gran osadía, al parecer), o la actuación no criticada de la policía para reprimir manifestaciones pacíficas cuando los manifestantes salen a la calle en periodo sin cuarentena para reclamar la protección de la sanidad pública, más el silencio flagrante cuando esa misma policía abrazaba en plena cuarentena a los manifestantes absurdos de los «barrios bien» de Madrid.

Si uno es un librepensador (permítanme la hilaridad), lo es cuando se aprueba y ejecuta la ley mordaza que prohíbe la libertad de expresión; cuando se encarcela a un tipo por una canción de rap o a una joven por pintar la cifra del paro en un muro; lo es cuando un gobierno «liberal» se niega a pagar un medicamente conocido contra una enfermedad tratable y eso cuesta más de cuatro mil muertes; lo es cuando desde 1986 se activa la Ley SICAV que permite evadir legalmente (sin tener que salir siquiera a Suiza) a cualquier millonario (por sus argumentos surrealistas se les conocerá; ahora brotan del suelo y manan del interior de la piedra como las aguas seguían al cayado de Moisés) que ingresa por encima de un millón de euros cotizando al 1 %, tan lejos de cualquier asalariado o autónomo, y además rentando capital; lo es cuando se evidencia que la transición a la democracia fue una charada que nos convirtió en la sucursal de compra-venta de armas de la OTAN, un país sin soberanía y con unos escaños parlamentarios que solo comportan una plataforma laboral hacia multinacionales o bancos que dirigen el país; lo es cuando solo se dice lo que al IBEX le interesa que se diga.

Hermann Hesse era un librepensador, ellos solo quieren conservar determinados privilegios.

Rubén Muñoz Herranz
Rubén Muñoz Herranz

Politólogo y profesor de narrativa, corrección ortotipográfica y de estilo y asistencia a la edición. Autor de los libros Poética, Malabares, Cuentos versales, MECIR y a la espera del nuevo Ética para Savater.